Cuando vinimos a vivir a este barrio, un poco más alejado del centro, yo le decía “la loca de los perros”. Era una mujer de ojos celestes y pelo largo y blanco que salía a caminar con cuatro o cinco perros. Donde vivíamos antes las mascotas eran tamaño departamento, pero acá, que las veredas son más anchas y había en ese tiempo más casas que edificios, los perros solían ser grandes.
Ella no hablaba con nadie.