En la Biblioteca Córdoba, el escritor Raúl Vidal ...


Antes que nada, en primer lugar quiero agradecer a Susana Ibáñez el haberme honrado con que sea yo quien presente su libro.

Y en segundo lugar agradecer a quienes son gestores (palabra esta, injustamente demediada en los últimos años) de este Premio Provincia de Córdoba; además del arduo trabajo que supongo debe llevar adelante en un premio de esta característica no sólo el jurado, sino también el llamado jurado de pre-selección. Es gracias a estos premios, y a esos primeros lectores, que muchos de los quienes (pues la gran mayoría de quienes poblamos el mundo de la literatura no somos alguien para el mercado editorial), de que esos solamente quienes, entonces, podamos hacernos de lectores.

Pero yendo de pleno al sujeto que nos convoca (y aclaro que digo sujeto, pues un libro nuevo, sobre todo si es muy bueno, rápidamente deja de ser un objeto para erigirse en pura subjetividad), me veo llevado a contarles que en mi manera de leer siempre aparecen preguntas, muchas de las cuales no logran (y muchas veces ni siquiera buscan) obtener una respuesta.

La buena literatura sabe flotar sobre las preguntas, y muchas veces termina hundiéndose como consecuencia de las respuestas. Es por esto que suelo lamentar que en nuestro tiempo, en donde nada puede permanecer velado y la transparencia parece un ideal con el que hay que cumplir incluso mintiendo, cada día se lea menos, mientras algunos difusores (en el sentido de desodorante de ambientes), algunos difusores de la cultura están más interesados por dar a conocer si tal o cual autor sufrió tal o cual trauma, o en qué momento supo que iba a ser escritor, o si desayuna copioso para convocar a las musas, o cuantas veces intentó quitarse la vida, o si le gusta el aguacate, o si usa pantuflas cuando escribe por las noches (muy posiblemente en una Olivetti cremita que heredó de una tía que lo supo iniciar sexualmente en su temprana pubertad). Ven ustedes, como es evidente que esta lista podría ser infinita, ¡qué fácil es leer si el horizonte es el escribir!

Pero cuidado, esto no quiere decir que leer y escribir sean lo mismo. Leer es imprescindible, escribir no. Y esto es así, precisamente, por el lugar que ocupan las preguntas y las respuestas en ambas prácticas. Se me ocurre que mientras al lector le hacen falta las preguntas para seguir e, insisto, las respuestas pueden estar de más; al escritor, en cambio, antes que preguntas les son necesarias las respuestas. Y si me apuran, lo que motoriza la escritura es una única respuesta, siempre más o menos susurrada por nuestro cerebro o por sensaciones que la hacen notar por debajo de la piel: lo que quiero decir es que frente al deseo de escribir siempre aparece un “lo voy a encontrar, lo voy a encontrar”. No importa demasiado que el deseo se satisfaga más o menos bien, más o menos mal. Lo que importa es la convicción de que al colocar una coma, o comenzar un capítulo, o descubrir una sutil sonrisa oculta debajo de una frase más bien bobalicona que trágica, finalmente vamos a toparnos con ese objeto vuelto letra que haga que todo el esfuerzo valga la pena.

Así, nuestra tarea, poco a poco, se va transformando en una especie de tara, una cosa un poco loca. ¿Por qué no conformarnos con leer solamente? ¿Qué necesidad de quitarle horas a la tan placentera lectura, para ponerse en la fajina de decir sobre el papel lo que otros podrían, tal vez, narrar mejor? Si algo de esto que digo tiene sentido, coincidirán conmigo que escribir no es para nada algo imprescindible. Pero bueno, ¡ya es tarde!

Tal vez por esto es que no puedo dejar de hacerle preguntas a todo libro que llega a mis manos. Sin duda eso me estimula a seguir leyéndolo, aún cuando de antemano suelo tener la sospecha de que las conjeturas que vaya obteniendo a medida que avanzo en la lectura, sólo habrán de servir para alimentar mi propio deseo de escribir, y en particular de leer.

Una de esas preguntas, quizás la más obvia, es: ¿cuáles serán las lecturas del autor? Pero no nos apresuremos. Recuerden que no busco respuesta, sino enunciar preguntas.

¡Pero es que -me doy cuenta y lo digo en voz alta- no se trata de un autor sino de una autora! Y más evidente aún, si caemos en la cuenta de que al menos desde el 2008 a la fecha, este premio nunca había sido obtenido por una mujer. ¡Diez años, y ninguna escritora ganó el premio! Pero, no piensen que subrayo esto para realizar el simulacro de tal o cual militancia (que por otro lado respeto ampliamente), y poder así hacerme acreedor de un mote que -quizás suene más entretenido si lo enunciamos con un modismo común en mi infancia-, sonaría algo así como “es evidente, este lector está en la pomada”. No, no es por esto que me detengo en el detalle de que es la primera mujer que gana este premio. Los hago caer en la cuenta de esto, simplemente, porque al leer La vida al ras del suelo, me surge otra pregunta.

Y esta segunda pregunta, que tampoco busca ser contestada, al menos por este lector, es: ¿por qué una escritora escribe un volumen de cuentos, en los que la función narrador se sostiene claramente sobre una mujer sólo en uno de los relatos -cuyo título además es Todas ellas-?

Si este lector estuviera un poquito más chiflado, podría entusiasmarse con escribir tal vez una novelita policial un poco esotérica, o un largo poema hermético de autoayuda numerológica, con sólo el detalle manifiesto que este premio, el número 11 desde 2008, el primero que gana una mujer, lo obtiene un libro con once cuentos en el que sólo uno, titulado Todas ellas, es narrado por una mujer.

Para no aburrirlos demasiado con mis taras de lector, voy a comentarles una tercera y última pregunta que me surgió al leer este libro, donde la escritura fluye simple y casi descriptiva (“¡todo tan claro!”), por el litoral del lenguaje, tocando aquí y allá como una boya desgastada la rutinaria orilla, hasta que, ¡Zaz!, de golpe, con un atronador silencio, la cosa cambia y la costa se torna filosa arista que no nos deja bajar del bote: una vez que se está arriba de este libro ya es tarde para escapar. Así, un niño como todos los niños, un día se queda solo y comienza a llorar. Claro que ya cuenta, el niño, con 34 años de edad. Entonces, este lector termina el cuento y comienza a dudar si en el minuto final de nuestras vidas podremos estar seguros de no ser todavía unos niños, y si eso que pasó, aquellos largos años transcurridos han sido realmente eso que algunos llaman vida. Porque si a este lector, un día, se le ocurre vender la juventud (la que ya no tiene pero puede inventar o, en su defecto, cualquier otro tramo de la vida) cayendo -como tantos- en lo fáustico, quién o qué asegurará en el minuto final que lo previo a la venta realmente quedó atrás. Luego, y acá les paso la tercera pregunta: ¿Cómo, por medio de qué herramienta, la autora de este libro coloca tan bien las trampas al lector?

Poco más puedo decir de la literatura que Susana Ibáñez nos puede brindar, pues no he leído otros textos de ella que los atesorados en este libro. Aquí, hay un cuento que se llama Elogio del doble, y que este lector se encontró titulándolo Elogio de la copia, porque, se dijo al terminar de leerlo, ¿qué otra cosa que versión de lo idéntico en original es la escritura llamada literaria? El triunfo de la copia es el triunfo de la literatura; y lo será más aún en un futuro apocalíptico en el que la literatura será sólo una pequeña secta de extraños seres, unos locos tranquilos, que todavía sabrán leer.

Pero es necesario dejar expresamente constancia que para este lector combinatorio, en que a veces se convierte este lector, este libro de cuentos o relatos es una novela. Y es que un día me enteré que una novela, es un vocablo que viene del italiano novella, y quiere decir “novedad”, “noticia”. Susana Ibáñez es una magnífica novedad, al menos para las letras centro-argentinas diría otro lector, que no soy yo. Aquel que un buen día escribió, perdido en el medio de una de mis novelas:

Un buen libro debe de ser un libro descontento que deje contento al lector, a un lector combinatorio, por supuesto. Un libro descontento es un libro que siendo novela desea ser volumen de cuentos (o de pequeños ensayos), y viceversa (o triceversa). Un libro donde los personajes se muestren furiosos por no ser jamás personajes principales, donde la historia se crea siempre mucho más importante de lo que en realidad es, donde nunca el final se encuentre al final; en suma, un buen libro siempre será un no-libro… como una buena vida siempre será una no-vida. (…)

De alguna manera, no tan velada como sería de desear, todo libro incómodo (o toda vida incómoda), en estado de incomodidad, es un reclamo.

Créanme, La vida al ras del suelo es un libro que reclama de manera urgente otros lectores, pues seguro ya se cansó de este, que hoy les habla. Porque este libro que (¡por favor, no se pierdan el último cuento!), esta novella que levanta vuelo en contra de la ley de gravedad, no trepa sólo: ¡exige el vuelo del lector!

Y si, como es de buen uso y costumbre, ya tengo que poner fin a estas palabras, este lector les aconseja (y también me aconseja) volver a tener presente una frase de Borges, de un mínimo escrito de 1930 que el viejo tituló La supersticiosa ética del lector: “La literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin”.

Me gusta pensar a la literatura como una máquina que algunas veces adelanta el reloj de la historia, una herramienta que prepara lectores de lo que vendrá. Y me gusta creer que la literatura -y la lectura- permite y soporta cierta desesperación.

Este libro habla de duelo y opaca desesperación, de lo irremediablemente perdido, de minúsculas transparencias, de cómo saber-hacer con el vacío, de cómo guiñar un ojo y ponerse en puntas de pie y dar un beso en la mejilla y treparse a una bicicleta y refrescar el aire.





Raúl Vidal

Biblioteca Córdoba - Córdoba



30 de marzo de 2019.

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